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La Medina de Marrakech

Marruecos es un país de contrastes que vive de la influencia natural del Mediterráneo al norte, y de los abruptos paisajes de las cadenas montañosas del Rif y el Atlas, y al sur por la árida climatología provocada por los desiertos del Sáhara Occidental.

Marrakech es el ejemplo perfecto de la zona sur de Marruecos, una ciudad animada y bulliciosa, pero extremadamente calurosa cuya mezcla racial une a gentes de las montañas con los llegados del desierto.

La ciudad fue fundada en el siglo XI por Yusuf Ibn Tashfin, un almorávide que centro su capital aquí, lugar desde donde inciaría la conquista de los restantes reinos marroquíes antes de introducirse en la Península Ibérica y llegar hasta Granada. Fue su hijo, Ali Ibn-Yusuf quien impulsó el crecimiento urbanístico de Marrakech levantando palacios y mezquitas.

Sin embargo, la influencia amorávide acabó por decaer, y los reinos del norte, los procedentes del Atlas tomaron la ciudad en el año 1147. Nuevos edificios se levantaron por toda la ciudad, y durante casi 100 años creció sin parar aunque no vivió exenta de continuas guerras y luchas intestinas. Marrakech perdió su influencia en favor de Fez, y no fue sino hasta el siglo XVI cuando gracias a los saadíes se volvieron a construir palacios y lujosas mansiones.

La parte antigua de la ciudad, la de la Medina de Marrakech, se encuentra al este y está rodeada por una abigarrada muralla. En su interior se encuentra la plaza de Jemaa el Fna, un lugar ideal para visitar cayendo la noche, cuando la misma toma una via inusitada pues en ella se congregan comerciantes de la ciudad y cuando deviene la cultura más tradicional del país. Juegos, músicas, entretenimiento, pura diversión… es lo que esperamos encontrar en Marruecos cuando viajamos allí. El ajetreo de los trueques, los cambalaches, los puestos y tenderetes, los oradores, los malabaristas, los encantadores de serpientes… Es, sin duda, el corazón de Marrakech sin el que no podría subsistir.

En un extremo de la misma plaza está la mezquita de Kutibia, del siglo XII y con una sala interior de 17 naves y 112 columnas de ladrillo y arcos de herradura. Desde fuera podréis admirar su alminar, quizás el más alto de la ciudad con sus 67 metros de altura. La mezquita cuenta, además, con una biblioteca extensa y muy apreciada, por los ricos volúmenes que conserva del Corán.

En el centro de la Medina está la fuente de Al Muasin, del siglo XVI, una de las más artísticas de la ciudad. en el norte hay otra mezquita, la de Ali Ibn-Yusuf, del siglo XI aunque reconstruida en el año 1810 tras ser destruida en tiempo saadí.

La Madrasa de Ben Yussef es una de las más grande de todo el norte de África y data del siglo XIV. Callejas y más callejas, de esas que típicamente se dibujan en nuestra mente cuando vemos películas relacionadas de algún modo con los bazares marroquíes, nos llevarán hasta el palacio real, el Dar-el-Makhzen, del año 1747, y cerca, el Palacio de Al Bady, del siglo XVI.

Hay mucho más por visitar, como el Museo de Arte Marroquí (el Dar si Said), o la necrópolis de la dinastía saadí, o sus patios y jardines, al estilo de los que podemos ver en la Alhambra, pero os aconsejo, que al caer la tarde os acerquéis hasta las murallas, para ver el juego de luces que el ocaso del sol celebra sobre las arcillosas rocas de esta muralla.

La Medina es la vida de Marrakech. Pasea por sus callejuelas, pierde el miedo, mézclate con sus gentes y podrás vivir en tus propias carnes el sabor tradicional y el colorido de este país. Sus zocos, tan vinculados a su comercio, te servirán para medir el latido de Marrakech.

LA MEDINA DE MARRAKECH

  • Año de su inclusión en la lista de Patrimonios: 1985
  • Localización: en la mitad sur del país, al este de Marrakech
  • País: Marruecos